Coleccionista de reflejos
Una vez más se encontraba hurtando los reflejos del día, de aquellos espejos en su dominio, esos valiosos instantes, que eran su obsesión. Miradas cargadas de vanidad eran las más comunes, también había las que reflejaban miradas de adoración extrema, ojos que reflejaban amor, otros odio y un sin fin de imágenes.
Después de robados los reflejos, nunca más eran recuperados por sus dueños. Hurtaba esos momentos, porque nunca pudo obtener un propio reflejo, los alejaba de sus dueños, buscando los que más le gustaban, pero ninguno le calzaba. Otra vez, había dejado a tantas personas sin reflejo, llevándose, sin saber, su alma, sus cuerpos eran solo cápsulas vacías, que morían con el lento pasar de los días.
Cuando revisaba sus colecciones del día, un reflejo le cautivó, la faz que admiraba, irradiaba paz; totalmente diferente a las típicas muecas de un espejo. Ante tal belleza, buscaba incansablemente encontrarle nuevamente, la tranquilidad que le embargaba, cuando veía esa cara, era tal, que ahora era imperioso encontrarle.
Cada día esperaba verle, pero sus intentos eran en vano, cuando los años pasaron y su reflejo nunca más apareció. Como su obsesión aún le perseguía y no era capaz de encontrar la cara nuevamente, decidió que era momento de dejar el mundo tras el espejo e insertarse al mundo “real”.
Cuando estaba afuera, el dolor del mundo real le pesaba, un día recorriendo eso que llamamos cementerio, visualizó nuevamente aquel rostro pacífico, pero ahora no se movía, estaba estático, en una foto, sobre una tumba... Su sangre sin reflejo, corría por el verde pasto, liberándose del peso de la dolorosa verdad que recaía sobre sus hombros
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