Al fin mostraba sus ojos, ese azul profundo no era más que una mentira. Sus orbes de un carmín oscuro, que más que atemorizarle, le atraían. Un profundo mar de espesa y pegajosa sangre se debatía en lo abismal de sus ojos.
Con rapidez inhumana se situó junto. El suave y electrizante toque de esos blancos y afilados colmillos sobre su aterciopelada piel, le causó escalofríos. Pronto el dolor masoquista se hizo sentir, el tormento que percibía era enorme, pero saber que ella era quien lo causaba era tranquilizante y placentero. El espeso líquido color escarlata caía por su cuello, pero pronto fue detenido por la sed de sangre de ella. En el momento en que su piel fue rasgada, todo quedó escrito, su sangre ya no le pertenecía, era de ella ahora y siempre...
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